sábado, 18 de agosto de 2018

Andar, andar...*


La esfera brillante
ignora las calles pavimentadas de frío acero.
Yo voy, sin haber venido,
y dejo un rastro de palabras rotas
que a día de hoy
carecen de sentido.
Hay neblina en lo ojos
hay ausencia en el pecho,
hay un aire siniestro llenando los pulmones
a golpe de respiración.

Camino.
No hay paz para los que viven
aferrados al olvido más reciente,
al no pensar,
al sólo sentir que lo amado
amado está,
y el vacío que deja
cuando baja la marea y se expande el desierto
es demasiado grande como para mirarlo.

La traición se arrodilla.
Poco a poco se va deshaciendo
a medida que el tiempo me cubre
con el pesado velo
de los días callados.
Soy antagonista de mí misma y a decir verdad,
apenas me importa;
ya se escribió antes un camino parecido
a la servidumbre de mis manos
hacia todos los abismos.

Queda el dolor que no puede ignorarse;
ese dolor que quema con tanta fuerza
que llega hasta el último latido.
Quedan esas quimeras que cantan al oído
y aun oyéndolas,
resistir es el nuevo himno
de mis ensoñaciones.
Porque no hay eco más doloroso
que el de la propia voz ahogada
en el propio silencio
ni aturdimiento más tremendo
que el de la propia sombra en la oscuridad.

Es otra de las lecciones
que se aprende a base de lloros;
probablemente sea también otro tipo de maldad.
Y ante este espectáculo de vientos llenando los ojos,
qué puedo hacer sino andar,
andar...



*Se extiende aquí la sombra de la Rima LVI de Bécquer


martes, 14 de agosto de 2018

Amaranto

horas teñidas de amaranto
el estío apoyado en un báculo dorado
pasos tenues

frente al sol, mis límites de acero
esconden un eco imperceptible
de lluvia de Otoño

arrodillada ante el silencio
me brillan los ojos
-ni el recuerdo es eterno-
acaricio el universo con las manos
sin alzarme del suelo

reconozco
en un latido sordo
mi corazón de herrumbre

-qué hermosa música la del derrumbe-

me agarro al retroceso de la palabra
mientras se agita la calidez
en el fondo del mar

lágrimas rojas,
cierta esperanza sonora
y en paz


miércoles, 1 de agosto de 2018

Respirar

un breve desenlace
en todas las letras

el pecho abierto,
las fauces de los días esperando

-ya no te quiero en mi vida,
pero te echo de menos en cada café amargo,
de todos los días-

en las manos todavía las estrellas
iluminan la estancia
tu libro en mi mesita;
he bebido todos tus versos
y encajan en todas mis piezas

las de dentro
las nunca vistas

me limito
a huir de la mordida y observar
la vida en círculos sobre sí misma

y al final,
para qué llorar...

si estoy hecha de mitades
que se saben enteras
aunque en las venas haya cristal,
aunque los sueños me muestren
la cabeza en el horno
las piedras atadas a los pies
el trago final de mi propio veneno
y la medicina

no culpo a nadie,

el sol ilumina un cadáver
que la luna resucita

breve desenlace en las letras
que entre dientes relatan la simple realidad:
respirar aire,
esa novedad

viernes, 27 de julio de 2018

Réquiem

He apagado las luces
y con sabor a saliva amarga en la garganta
me decido a colgar los pasos
al otro lado de aquí.
A pesar de la falta de fuerza,
aprieto mis sienes con las manos
para sacar de mi cabeza
el canto de cisne que resuena
lejos, muy lejos...
                        justo dentro.

Es la primera vez que escribo
con un cuadro propio en la mente;
se ve el mar
desde una ventana suburbial
que huele a desequilibrio.
Ahí asoma un rostro seco,
casi inexpresivo,
acordonado contra una vida
que desconoce,
a pesar de llevar cuarenta años en ella.
El rostro sigue vivo, lo juro,
aunque no lo parezca.

Escribo y me detengo en cada coma,
en cada letra rota que me grita
que esa no es la forma.
Puñetazo en la mesa,
trago largo de algo muy helado
para que los latidos se repongan
y ojos cerrados dos segundos,
tres, sólo un momento
que incomprensiblemente parece eterno.
Suspiro.
Regreso a la hoja en blanco
herida de recuerdos.
Papelera;
está llena
de una ingrávida calma que me aterra.

Sacar la arena del sueño
y lanzar las promesas por la borda,
todas y cada una de ellas.
No se sabe del mañana,
no se sabe del día que ha de cerrar
la madrugada. Y se desangra.
Es la memoria tierna,
es el amor que escuece,
es la sangre lenta
de un cuerpo inerte,
dilo como quieras,
pero yo aún escribo
para cerrar puertas
y abrir nuevos significados
a hirientes esperas.

Deshilachada vida,
¿tan lejos te fuiste
que no encontraste regreso?
En la pregunta me llora el viento
que barre la certeza irrefutable que respiro.
Me despojo de mi propia silueta;
soy un garabato de dios
que erró al configurar mi tierra. 
Para calmar el mal,
me agarro con fuerza a las letras
que he visto caer
y las escribo aquí,
sin pensar que lo que quiero decir
tiene el corazón dormido
y es únicamente para mí
aunque seas tú quien les dé sentido. 

Pero insisto en sobrevivir;
me voy vaciando de palabras
y algún día tendré,
al fin,
espacio para mí.


martes, 24 de julio de 2018

Volver a la vida

escribo ahogadas servidumbres
arraigadas en un deseo de niebla

me sostienen dos piernas de madera
tres palabras y un trago de luna llena

tiro al mar los lazos encarnados
y una mezcolanza de libertad y pena
me traspasa

después de haber vivido
el camino de vuelta a la vida
siempre es el más largo

-y a veces, nunca se acaba-



domingo, 22 de julio de 2018

Salvo el crepúsculo

Ir y volver.
Regresar y volver a ir.
De la oscuridad a la luz,
y de la luz al cubil mortecino
donde duerme un pasado hecho sombra.

Se acerca una noche larga;
llegará colgando de un hilo
tras una puerta que no tengo fuerzas para abrir.
Y una palabra inacabada
cuelga de mis labios,
pues de nada sirve lo que pueda decir.

Hoy me encierro,
callada,
rompiendo a gritos los muros
que hace tiempo se van fundiendo a gris.
Me saco los ojos y, 
si tuviera fe,
diría una oración justo a los pies
del dios de las noches eternas;
una oración de redención y penitencia,
porque a veces hay que forzar el final
de aquello que nunca empieza.

Pero nunca he creído
en aquello que ni se ve ni se puede sentir.
Así que cierro la puerta de hierro
y recojo lo que queda del sí
esparcido en el suelo. 

Ha terminado el tiempo de los versos
y sólo quedan inútiles gestos
(esos, esos mismos,
justo los que no sé descifrar,
pero siguen aquí).

Insisto, si tuviera fe,
haría una oración para salir del ojo
que todo lo ve
Pero ya digo, yo no sé creer.

Así que sólo pido
que enmudezca la luna,
todas las flores,
la Primavera,
que caiga la botella,
el sueño derramado,
la tristeza,
que calle en mis ojos el recuerdo,
la canción bailada,
que no mienta más el tiempo,
que duerman las madrugadas.

¡Que calle el mundo!

Que calle todo,
todo,
salvo el crepúsculo*.


*J. Cortázar

sábado, 21 de julio de 2018

Tormenta


A luna de hoy,
no hay espacio entre las palabras y el silencio.

Alguien cantó
durante una milésima de segundo
fue suficiente para ahogar la boca
antes del susurro.

Cubrió tres años,
pero pasó tan fugaz...

Se acerca la tormenta,
soy muy consciente que la tengo cerca
pero he vuelto a mirar hacia atrás
y se me ha hecho sal el corazón.

Quién me protegerá
de la eterna canción 
que nunca,
nunca va a dejar de sonar? 

Confieso el miedo extremo
y la valentía vestida de ya no;

luego, si acaso,
en un espejo roto...

me obligo al presente
y me veo;

y soy yo misma venida a menos;
una muesca marcada
en la cama de cualquier hospital
al que se le ha derrumbado el techo.

Convalecencia interina
por la falta de abrigo
en las noches de verano.

Y qué extraño el llanto que apenas se oye...

En este pantano sin ventanas abiertas
puedo afirmar
que me va a estallar la cabeza.

Espera, dice mi sangre,
espera,
que aún no estoy seca.

En realidad,
en cada suspiro que gotea,
no hay sol que por dolor no venga.