lunes, 6 de febrero de 2017

Después

Me encontré en ti.

Sabía que el dolor vendría detrás.
Sabía que era imposible volar
hacia un faro que para mí nunca dejaba de brillar.

Pero, y qué.
Era demasiada bella la luz
aunque iluminara la sentencia condenatoria
desde el primer día.
 Y después, calló el sueño.
Y cada veintisiete un latigazo
al dilema recostado en el sofá
que crecía cuando era mediodía y me sentaba en tu regazo.

Sabía que no podía seguir un camino
que jamás apareció ante mí.
-yo lo dibujé con una desesperación de colores
para que tu mano siempre tuviera un lugar donde ir-.

Pero de todas formas,
en mis zapatos siempre hubo un agujero
que hacía entrar el agua fría
para mantenerme los pies despiertos.
Por si tocaba huir, aunque no supiera hacerlo.

Y no caía, no, me desplomaba
en cada uno de los pedazos de vida
que cada vez que abrías los labios me besaban.
Después, cierto sabor a fracaso
y cierto miedo concentrado en mi retina;
cierta
amargura
desolada
que quería convertirse en risa
sin saber siquiera cómo sonreír.

Tuve que anular el viaje
y aleccionarme a mí misma
que no se puede llenar una maleta
que ya está llena desde hace demasiado tiempo.

De todo esto
ha quedado un cristal roto
clavado en mi costado
que no sé, ni quiero, ni puedo arrancar.
Es la marca de la maldad inoportuna
que quiso juntarnos en cuatro letras
que no aprendimos a pronunciar
exclusivamente para nosotros.

Y aun así, la negación es absurda,
y cobarde,
porque una salvación no es fácil de olvidar
y yo siempre,
de algún modo, yo siempre...
aunque todo fuera sólo a golpe de voz
y de tragarnos con veneno las ausencias.

Me pregunto qué cielo mirarás tú
ahora que yo no sé qué faro mirar.




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