Réquiem


He apagado las luces
y con sabor a saliva amarga en la garganta
me decido a colgar los pasos
al otro lado de aquí.
A pesar de la falta de fuerza,
aprieto mis sienes con las manos
para sacar de mi cabeza
el canto de cisne que resuena
lejos, muy lejos...
      justo dentro.

Es la primera vez que escribo
con un cuadro propio en la mente;
se ve el mar
desde una ventana suburbial
que huele a desequilibrio.
Ahí asoma un rostro seco,
casi inexpresivo,
acordonado contra una vida
que desconoce,
a pesar de llevar cuarenta años en ella.
El rostro sigue vivo, lo juro,
aunque no lo parezca.

Escribo y me detengo en cada coma,
en cada letra rota que me grita
que esa no es la forma.
Puñetazo en la mesa,
trago largo de algo muy helado
para que los latidos se repongan
y ojos cerrados dos segundos,
tres, sólo un momento
que incomprensiblemente parece eterno.
Suspiro.
Regreso a la hoja en blanco
herida de recuerdos.
Papelera;
está llena
de una ingrávida calma que me aterra.

Sacar la arena del sueño
y lanzar las promesas por la borda,
todas y cada una de ellas.
No se sabe del mañana,
no se sabe del día que ha de cerrar
la madrugada. Y se desangra.
Es la memoria tierna,
es el amor que escuece,
es la sangre lenta
de un cuerpo inerte,
dilo como quieras,
pero yo aún escribo
para cerrar puertas
y abrir nuevos significados
a hirientes esperas.

Deshilachada vida,
¿tan lejos te fuiste
que no encontraste regreso?
En la pregunta me llora el viento
que barre la certeza irrefutable que respiro.
Me despojo de mi propia silueta;
soy un garabato de dios
que erró al configurar mi tierra. 
Para calmar el mal,
me agarro con fuerza a las letras
que he visto caer
y las escribo aquí,
sin pensar que lo que quiero decir
tiene el corazón dormido
y es únicamente para mí
aunque seas tú quien les dé sentido. 

Pero insisto en sobrevivir;
me voy vaciando de palabras
y algún día tendré,
al fin,
espacio para mí.


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