Destemplado


Ha llegado el día y se ha secado el agua.
Después de la estridencia explotada,
la calidad de las palabras se derrama
y pierde el sentido todo lo que leo,
todo lo que escribo.
Y todo aquello que se posaba en la palma de mi mano
ahora sólo sabe caer de entre mis dedos.
Esos ojos ya no se sienten vivos.

Arde algo que sabe a verso
en estas entrañas,
pero es un eco confuso y extraño
que arrasa el amor propio
y deja una estela de rabia y odio.
Y esa impotencia que se atraganta
en el talento mediocre,
esa oscura tentación,
ese querer salir y siempre estar dentro,
donde agonizan los colores,
donde plácidamente se aloja mi sustento.

Pero algo en mí no quiere seguir comiendo 
los días clonados, las voces perezosas 
que revelan un te quiero destemplado.
Morir en el tiempo que tardo
en mirarme al espejo
y decirme
que por mí, todo esto ha terminado.
Que deje en la bañera la piel que no me sirve,
y meta de nuevo en mi garganta lo que quede
de esa esencia adulterada que no encaja
en este siglo anestesiado y carcomido.
Que no vale la pena revivir el contenido
que hace años debería haber muerto.

Y en la almohada,
en ese segundo de paz que precede a la bajada,
sólo se me ocurre preguntar por ti.
Y el cielo estalla en carcajadas.

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