lunes, 8 de febrero de 2016

No lloraste

No lloraste.
Creo que en el fondo,
no llegó a importarte.
Lo admito, lo vi todo.
Me escondí,
agazapada entre los pliegues de tu alma,
y fui espectadora emocional
de lo que habían planeado
un destino macabra
y un camino cruel.

Y no lloraste.
No sentiste un miserable pedacito de tu alma
desmoronarse.
Vi tu brazo sin pensar precipitarse
hacia un profundo silencio
que pendía de mí,
que tú enredaste en mi pelo,
pero para alejarme de ti,
para perderme.

Y sabes? No me rompí.
Los pedazos que quedaban de mí
se contuvieron,
detrás de mis párpados cerrándose
para protegerme de ti.
Y no, tú no lloraste
y yo no tuve miedo.
Recuerdo que quizás,
en un rincón pequeño de mi cuerpo,
sentí cierto aguacero.
Sólo fue un pequeño pestañeo.
Un suspiro afirmativo
de un devaneo de emociones
que debían rendirse a ese momento.

Salí sin hacer ruido
antes de haber acabado;
en mis ojos rezaba la frase
que negaba los esfuerzos
de mis manos.
En el fondo,
valió la pena perder la razón.
Y al final, en un alarde de suerte hacia los dos,
tú no lloraste.
Tampoco lloré yo.



       

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